El derecho a ser vistos: Cuando las historias rompen el silencio
- miradasqueincluyen
- 16 dic 2025
- 6 min de lectura
En La Paz, miles de personas viven entre miradas que no alcanzan a verlos, leyes que se quedan en el papel y una ciudad donde cada día se convierte en una prueba de resistencia.
La discapacidad en Bolivia continúa siendo un tema poco comprendido y, sobre todo, poco hablado. La mayoría de las veces, las personas con discapacidad aparecen en los noticieros solo un día al año, el 15 de octubre, para luego volver al silencio cotidiano. Entre calles empinadas, barreras físicas, prejuicios y miedo social, miles de paceños transitan un camino donde no solo cargan con su condición, sino con la carga de demostrar, una y otra vez, que son más que ella.

Lurdes Cecilia Tamayo es psicóloga y artista. Su voz es firme, segura, y no pide nada: exige reconocimiento. Para ella, la discriminación comienza en el lenguaje. “No es ofensivo decir discapacidad; lo ofensivo es decirlo como si me quitaras humanidad”, explica. Aclara que las personas no son “discapacitadas”, porque ese término objetiviza: “Discapacitado puede ser un burrito o una mesa, no un ser humano”.
Su crítica apunta a un problema estructural, la sociedad no mira, no reconoce, no interactúa. “O te ignoran o te sobreestiman como angelito eterno. No ven las capacidades, solo lo que creen que no podemos” dice Cecilia.
Cecilia también identifica el miedo como un motor de exclusión. Miedo a acercarse, a no saber cómo tratar, miedo a “lastimar” o a contagiarse. Ese miedo construye barreras actitudinales más grandes que las arquitectónicas.
Y aunque Bolivia tiene leyes que protegen los derechos de las personas con discapacidad, la realidad sigue siendo desigual. “No somos noticia. Somos visibles un día y después no existimos. Pero somos personas que sienten, piensan y producen” expresa Cecilia.
Para Cecilia, la inclusión solo será real cuando puedan participar plenamente en todos los espacios públicos y privados sin que las barreras mentales o físicas definan sus posibilidades.

Jhonatan Yanique tiene PCI (parálisis cerebral infantil) y desde pequeño escuchó que “no iba a poder caminar, ni hablar, ni ver”. Hoy es diseñador gráfico, conferencista, viajero y creador de proyectos. Su historia está hecha de imposibles vencidos.
Cuenta que incluso en la universidad le dijeron que no iba a terminar la carrera porque era “manual” y no debía recibir ayuda. Resistió. Terminó. Trabajó.
Por eso se define como “EL POSIBLE”, en respuesta a quienes decían que era imposible.
Pero nada de eso fue fácil. La discriminación, dice, se diferencias en cada etapa, desde maestros que no creen, padres que tienen miedo de exponer a sus hijos a la sociedad, hasta instituciones que dudan de su capacidad.
“La discriminación desalienta. Éramos 20 estudiantes con discapacidad en diferentes carreras; solo cinco llegamos al final”, recuerda.
Para él, la integración empieza por un acto crucial: mirarse a uno mismo y salir, incluso con miedo. Subir a un minibús, atravesar la ciudad, enfrentar prejuicios.
“Si fueran más humanos y empáticos, habría más personas con discapacidad en la calle, viviendo su vida”- Jhonatan Yanique

Gonzalo es una persona sorda que trabaja en gastronomía. Observa su entorno desde un lugar silencioso. Explica que, para las personas sordas, la discriminación nace en lo más básico, la comunicación.
Cuenta que muchos clientes los ven “como inferiores”, que se frustran si no entienden el menú o si no pueden comunicarse rápido. “Cuando dicen que algo es caro o hablan mal, la forma en que lo dicen revela quiénes son realmente”, relata.
Para las personas sordas, la inclusión depende de un puente que casi nunca existe, personas oyentes dispuestas a aprender lo básico, a tener paciencia, a reconocer que el lenguaje de señas no es un favor, sino un derecho.
Las consecuencias, afirma, son profundas como la frustración, pérdida de trabajo, insultos, jefes que no comprenden la dinámica de comunicación y los despiden. Sin embargo, también reconoce avances, personas jóvenes que buscan aprender señas. “Integrar no es solo incluir a un sordo en un espacio oyente. Es un esfuerzo conjunto”, remarca.

explica que el término adecuado es persona con discapacidad. Señala que expresiones como “discapacitado”, “capacidades diferentes” o “capacidades especiales” no representan ni la normativa boliviana ni el enfoque actual de derechos. Utilizar persona con discapacidad reconoce primero a la persona, no a la condición.
¿Por qué la discapacidad es un problema social?
Para Salguero, la raíz del problema está en los estereotipos y el desconocimiento. Muchas personas sin discapacidad siguen creyendo que quienes sí la tienen “valen menos”, “aportan menos” o “son limitados”, lo que genera exclusión. También recuerda que cualquiera puede adquirir una discapacidad en algún momento de su vida, por lo que la igualdad debería ser un principio básico.
Cristian Candia, ex presidente de la Asociación de No Videntes Socorros Mutuos La Paz, agrega que la sociedad y las ciudades están diseñadas para personas sin discapacidad. Rampas, señalización braille, semáforos sonoros y accesibilidad arquitectónica aún son excepciones, no la regla. Esto genera barreras constantes para quienes tienen discapacidad física o sensorial.
¿Cómo afecta la discriminación?
En lo físico y sensorial, la discriminación impacta en varios niveles:
Psicológico y emocional: baja autoestima, aislamiento y sensación de inutilidad.
Educación: muchos abandonan sus estudios al no existir condiciones o apoyo.
Trabajo: cuando la discapacidad aparece de forma repentina, las personas pierden sus empleos por falta de adaptación o comprensión.
Vida cotidiana: en la discapacidad psíquica, la discriminación es aún mayor; muchas veces las crisis son confundidas con consumo de alcohol o drogas y terminan en maltrato o detenciones injustas.
Familia: procesos largos de rehabilitación pueden generar desgaste emocional y rupturas.
La discriminación, dice Candia, nace del rechazo a “lo diferente”. Lo que no encaja en lo considerado “normal” se margina, y eso frena el desarrollo integral de la persona.
La exclusión no solo afecta a quienes viven con discapacidad. También empobrece a toda la sociedad. Cuando se margina, se pierde talento, participación, creatividad y diversidad. Además, se perpetúan estereotipos que generan más discriminación, violencia y desigualdad.

La ciudad que se vuelve obstáculo
Rodrigo Peñaranda, fisioterapeuta y miembro de la Unidad Municipal de Personas con Discapacidad y Adulto Mayor, repite una frase que parece simple, pero lo explica todo: “La discapacidad se presenta cuando hay barreras.”
Para él, el problema no reside en la persona, sino en el entorno que crea obstáculos físicos, sociales y actitudinales. Rampas inexistentes, aceras destruidas, desconocimiento generalizado y prejuicios persistentes hacen que moverse y participar en la ciudad se convierta en una batalla diaria.
Rodrigo impulsa actividades culturales y artísticas, como presentaciones de baile con personas con discapacidad visual, para demostrar que el talento no depende de la vista, sino de la oportunidad.
Javier Salguero Aramayo, ex director ejecutivo del Comité Nacional de Personas con Discapacidad (CONALPEDIS), describe el problema desde lo cultural. “Nuestra sociedad todavía tiene estereotipos de discriminación por desconocimiento” expresa.
Salguero asegura que todavía hay quienes consideran a las personas con discapacidad como “de menor categoría”, un pensamiento que se reproduce por la falta de información.
Avances legales… y un reto pendiente
Bolivia cuenta con leyes como la Ley 223 y la Ley 045 que buscan proteger los derechos de las personas con discapacidad. Salguero explica que en la última década se han abierto oficinas municipales, gobernaciones y ministerios destinados al tema; sin embargo, reconoce que la inclusión sigue siendo más discursiva que práctica.
“En Bolivia, la persona con discapacidad tiene que estar incluida en todas las actividades de la vida diaria. Donde veas que se puede hacer una actividad, tiene que haber personas con discapacidad” expresa Salguero.
La inclusión real todavía depende de la conciencia social, la exigencia de derechos y la voluntad de las autoridades. Candia resume el progreso como “un 5 de 10”: avances visibles, pero lejos de lo ideal.
La historia de Gabriel Santa Cruz, contada por su madre, Mireya Herrero, resume la brecha entre derechos y realidad. Gabriel con discapacidad múltiple visual y motora terminó el colegio con adaptaciones, gracias a que encontraron instituciones que lo aceptaron, algo que, según Mireya, “no es la suerte de todos”.
Sin embargo, autonomía plena es otra historia. Mireya dice que “Él no puede ser independiente porque las calles de nuestra ciudad no lo permiten.”Las veredas rotas, los quioscos sobre las guiadoras táctiles, los garajes que destruyen aceras y la falta de cultura vial hacen imposible que él se desplace solo. La accesibilidad, en La Paz, depende de la suerte y de quién te acompaña.
Para Mireya, la inclusión empieza desde el primer diagnóstico médico, cuando las familias reciben información que suele ser desalentadora. Ella cree que el país debe trabajar desde la infancia que la inclusión no es un programa, es una manera de criar, educar y convivir.
“Los niños deberían recibir oportunidades inclusivas, no solamente de educación especial” - Mireya Herrero
La discriminación provoca consecuencias profundas: aislamiento, baja autoestima, vergüenza, dependencia y miedo. Javier es contundente dice “la peor discriminación es la que viene del desconocimiento.”
Las familias terminan escondiendo a sus hijos para evitar humillaciones. La sociedad continúa mirando hacia otro lado. La ciudad sigue sin escuchar. Aún así, las voces coinciden, La Paz aún no mira lo suficiente. Mientras la infraestructura limite, mientras los prejuicios sigan, mientras la información no alcance a todos, la inclusión seguirá siendo una promesa. La ciudad tiene mucho por hacer, pero también personas que no se rinden en la búsqueda de un país más justo.

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